lunes 22 de septiembre de 2008

Para qué

Alfonso me lo preguntó la otra noche.
- ¿Por qué no escribes ya en el blog?
- No hay un motivo. Siempre es igual, tarde o temprano. Funciono por arrebatos.

No lo sé, en realidad. ¿Para qué se escribe? Para escrutarse uno mismo, lo más seguro. Para detener el tiempo, quizás. Para divertirse, en cualquier caso. Leí dos libros que acabaron siendo bombas de relojería, y ahora están estallando.

Uno es un ensayo, Rastros de carmín. Una historia secreta del siglo XX, de Greil Marcus, crítico de música, politólogo, sociólogo y figura de referencia en los estudios de la cultura popular. El libro es un fabuloso disparate, perfectamente argumentado, en el que el punk, el pensamiento situacionista, el movimiento dadá y la filosofía herética medieval son una misma cosa atravesando los siglos con cierta justicia poética, similar a la que se le concede a los derrotados. Por cierto, acabo de ver dos películas de Julien Temple, una sobre Joe Strummer, el cantante de The Clash, y otra sobre la historia de los Sex Pistols. La primera, The future is unwritten, me decepcionó, sobre todo porque Joe Strummer y los Clash han sido siempre para mí algo distinto a lo que muestra (por momentos) el documental. La segunda, titulada The filth and the fury, es, aparte de una excelente y socarrona crónica urgente de la Inglaterra de los años 70, una gozada que tiene un comienzo deslumbrante y que se apoya en el Ricardo III de Shakespeare para hablar de uno de los seísmos más extraños y decisivos de la historia del rock.

El otro libro es Prosas apátridas, el "testamento espiritual" de Julio Ramón Ribeyro, como se dice en la contraportada de un libro verdaderamente inclasificable que condensa en breves ráfagas reflexivas su visión del mundo, amarga, serena, cristalina. El mismo autor, que en la foto se parece a Joe Strummer y al que siempre le interesó sobre todo la incurable soledad de las almas, escribió unos diarios a los que puso uno de los títulos más impactantes y lúcidos que conozco: La tentación del fracaso. Pienso mucho en este título.

Por si esto es una despedida, dejo aquí varias canciones que he escuchado con especial fidelidad durante el último año.

- So this is goodbye, el tema que da título al álbum del mismo nombre de Junior Boys, un disco empapado de una desarmante intimidad.
- Burning, o el comienzo de la banda sonora de varios meses de mi vida, compuesta por The Whitest Boy Alive.
- Poison cup, de M. Ward, incluida en Post-war, mi disco favorito de uno de los músicos más talentosos, exquisitos y sensibles que han aparecido en mucho tiempo.
- Y Madre Mother & Mere, de Lucien n Luciano, una canción que siempre me lleva a algunas noches cruciales que ya empiezan a estar en los espacios difusos de la memoria, es decir, en los de la fabulación.

sábado 28 de junio de 2008

Discos para la gárgola

Como todos los anteriores desde que se declaró la hipotética crisis de la música, 2008 está siendo un buen año. Durante las dos últimas semanas he estado escuchando tres discos que previsiblemente brillarán de manera especial cuando las revistas se preparen con éxtasis místico para elaborar las listas de lo mejor de la temporada. Por supuesto, los discos, que son magníficos, en algunos casos verdaderamente sorprendentes, no tendrán la culpa de ser incluidos en una de tantas tradiciones irritantes (aunque en cierto modo comprensibles) de las publicaciones especializadas. Ahí los dejo consignados, antes de convertirme en gárgola, según la definición de vacaciones de un maestro.

Detrás del alias Bon Iver, Justin Vernon grabó unas canciones que al parecer fue depurando durante tres meses de aislamiento total en una cabaña en un bosque de Wisconsin, donde fue a lamerse las heridas después de una ruptura amorosa apocalíptica. Poco después de volver a la ciudad, resignado de nuevo a soportar la extrañeza cotidiana (es decir, vivo, pero del lado de los muertos, como diría un increíble escritor y mejor amigo), publicó el resultado, For Emma, forever ago, un deslumbrante manojo de emociones en carne viva que efectivamente parecen, por su intimidad impenetrable, un sortilegio contra la soledad, y que son cantadas con una voz conmovedora que recuerda al prodigioso Tunde Adebimpe de TV on The Radio. Alguien ya lo ha escrito mejor que yo: "Casi gospel en las voces, casi pop en los estribillos, casi folk en el envoltorio, casi depresivas pero no".

De Alopecia, el último disco de Why?, me gusta todo, también la trayectoria de su principal impulsor, Yoni Wolf, uno de los cerebros del sello Anticon, especializado en asombrosas mutaciones del rap. Últimamente ando bastante desengañado con el género. El invento, supuestamente revolucionario, apesta ya, sobre todo en España, a fórmula. Y entonces escuchas este disco maravillosamente heterodoxo, un ecléctico híbrido de hip hop y pop que suena con inaudita naturalidad, y vuelves a creer. Hosanna.

Con la polvareda levantada por Arctic Monkeys llevo un tiempo mirando para otro lado. Me parecen atractivos, sobre todo por su astucia rítmica y por el desparpajo con el que reinterpretan el inabarcable legado del rock británico, aunque ese mar, en fin, ya está descubierto. Sin embargo, me interesaba el proyecto paralelo de su líder, Alex Turner, con un amigo, Miles Kane, miembro de otro grupo, pero absolutamente desconocido. Bajo el nombre The Last Shadow Puppets, dos imberbes dan rienda suelta a sus descubrimientos post-adolescentes: el pop orquestal de los años 60 (especialmente el primer Scott Walker), las bandas sonoras de John Barry, la épica de Morricone más cercano al western y, en general, los tonos en sepia. Todo esto lo hacen muy bien, pero es que además su debut, The age of understatement, tiene dos de esos motivos caprichosos que te inclinan definitivamente a la simpatía. Uno de ellos es la portada, la fotografía de una mujer fatalmente nouvelle vague. El otro es su versión de In the heat of the morning, una de mis cuatro canciones favoritas de Bowie (aunque no la escribió él), incluida en uno de sus discos más tempranos y menos canónicos, cuando estaba aún mucho más cerca de la psicodelia inglesa (en este caso, no una psicodelia de ácido, sino una psicodelia tenue, como bañada por la luz del mediodía) que del glam. Las otras tres son, ya que estamos, Rock & roll suicide, que también podría titularse Nudo en la garganta; Moonage daydream, que contiene uno de los solos de guitarra más impresionantes de la historia del rock (cortesía de Mick Ronson); y Heroes.

miércoles 18 de junio de 2008

En la treintena y residentes en Salford

Hay decenas de parejas célebres que han hecho música. Aunque nunca han tenido demasiado rango en la historia oficial sentimental del rock, en un plano muy íntimo, siempre he sentido debilidad por Mazzy Star. Nunca he podido evitar escuchar sus canciones, ingrávidas y acariciantes, como emocionantes promesas de su separación.

He descubierto a otros dos. Durarán más o menos (como pareja y como hype), pero mientras tanto se ríen de la gente, en feliz expresión de mi tía Dolores. Es muy probable además que acaben siendo bastante famosos, entre otros motivos porque Apple ha usado uno de sus singles, Shut up and let me go, un hitazo inapelable, para la nueva campaña promocional de su iPOD. He escuchado su primer disco, We started nothing, titulado muy honestamente, diría incluso que con cierto humor, y efectivamente, originales no son. Alguien les ha definido ya como los White Stripes del pop, y algo de eso hay: la economía de medios y el empuje rítmico, básicamente. Aunque sus fuentes más obvias son la exquisita música disco de Chic, las bases del funk y algún retal de rock bailable.

De las diez canciones del disco, más o menos me gustan cinco; tres de ellas sé que las seguiré escuchando de vez en cuando durante todo el verano, en los momentos divertidos, con mis sobrinas, antes de arrancar el coche en Split, después de darme una ducha, pongamos por caso. Juegan en una liga humilde, muy lejos de los discos que reaparecen por diversos motivos en tu vida una y otra vez, pero no está mal. La chica, por lo demás, es encantadora, aa aaa aaaaaaa a a a aaaaaaaaaaaaa.

domingo 1 de junio de 2008

Niñatos (canciones para las mañanas de domingo)

Me temo que éste será un texto de aluvión. Bueno, pues ahí vamos.


Entre mis casos asombrosos preferidos de la música inglesa, en el top ten, digamos, andan los Happy Mondays. Pasan los años y me sigue pareciendo fascinante que una panda de tarados politoxicómanos y casi analfabetos hermanaran con tan pasmosa naturalidad el rock y la incipiente cultura dance de entonces (finales de los años 80 en Manchester), o que los Stone Roses, unos macarras de adolescencia de tardes en el parque y perro agresivo, rompieran a grabar uno de los debuts más impactantes de su época. La tradición continúa. Últimamente anda convertido en el "Julián Muñoz del indie", como le han llamado, pero antes de convertirse en un andrajoso caído en desgracia fue un andrajoso que hizo con The Libertines un álbum que rezuma clase y desparpajo en cada canción.


Las últimas semanas he tratado de no escuchar a MGMT, antes The Management. Son varios niños (la mayoría no llega a los 20 años) y han armado un revuelo tremendo con su primer disco, Oracular Spectacular. Para unos era la gran next big thing de la década; otros, en cambio, pronosticaban casi con asco sus crueles y rutinarios quince minutos de gloria. Ante semejante panorama, el disco se me hizo antipático. Pero lo estoy escuchado desde ayer y entra con enorme facilidad. De hecho, me parece un buen disco. Irregular, como casi todos, pero con unas canciones (entre la psicodelia espacial, el disco ochentero, el pop cómico-lírico y los adelantamientos por la derecha a Moby) que te alegran una mañana o te enderezan una noche y, en cualquier caso, perfectas para ir en coche a la playa. Poco no es.


Por ahí también, en la juventud-insultante, los brasileños Cansei de Ser Sexy, con sus pegajosos hitazos horteras, Vampire Weekend, unos impecables universitarios estadounidenses, muy finos, con muchos discos escuchados y con habilidad para hacer canciones redondas, pero que acaban dejándome frío, como Los Campesinos!, esencialmente por un motivo: Architecture in Helsinki y Polyphonic Spree llegaron varios años antes a ese pop coral, disparatado, de acabado artesanal y sonido ligeramente naïf. Los últimos acabaron cansándome, pero escucho de vez en cuando algunas canciones, entre las que nunca falta ésta. Los primeros sacaron el año pasado su segundo disco, bastante aburrido, como disecado. Afortunadamente, queda su estreno, In case we die, un disco maravilloso, lleno de quiebros, ocasionalmente inquietante (recuerdo haber mandado un mensaje a B. hablándole de "algo parecido a un coro de niños dementes y borrachos") y desbordante de imaginación y alegría. Aquí están Do the wirlhwind, cuyo vídeo aconsejo encarecidamente a los amantes de los videjuegos, y Wishbone, una canción que basta por sí sola para quererlos.

lunes 26 de mayo de 2008

Ida y vuelta

Tras varias tentativas inútiles de entablar conversación, el taxista encendió la radio. Detrás, el pasajero se puso las gafas de sol e intentó dormir. Casi lo logró. En la duermevela, le reconfortó la sensación de aletargarse escuchando el ruido del coche rodando sobre la carretera, casi literalmente acunado con las curvas imprevistas.

Días antes, viajando solo, una rueda delantera reventó. El coche hizo un extraño y perdió fugazmente el equilibrio. Guardó en el maletero la rueda, completamente destrozada. La derecha, le dijo el señor de la grúa, debía ser cambiada cuanto antes. Miró el dibujo del neumático, relativamente bien conservado, y las grietas en los laterales. Se montó en el coche, arrancó y el señor de la grúa, al que un momento antes había visto alejarse por el retrovisor, llamó con los nudillos a la ventanilla: "No le vayas a pegar. Es que es tu vida, más que nada". Y sintió una inquietud que hasta entonces no había sentido, o quizás sí, pero en un plano desconcertantemente abstracto. Más tarde se recordó a sí mismo viendo el cambio de la rueda, y se le vino a la mente ese tremendo poema de Bertolt Brecht, que por otro lado no coincidía con su situación. "Estoy sentado al borde de la carretera, / el conductor cambia la rueda. / No me gusta el lugar de donde vengo. / No me gusta el lugar adonde voy. / ¿Por qué miro el cambio de rueda / con impaciencia?"

La ciudad le dio una tregua. Quizás por eso, distraído por la impresión de casi todo volvía a resultar fácil, olvidó a posta comprar la rueda de repuesto.

Regresando, en la autovía, vio delante un coche de la Guardia Civil, que de repente encendió las luces de alarma. Comprobó con un vistazo la velocidad a la que iba, pero no le dio tiempo a esquivar un objeto en medio de la calzada. Lo que quiso en vano ver como una caja de cartón era uno de los tacos de madera que se usan como cuñas para las ruedas de los camiones. El impacto destrozó el cárter del coche, torció el tubo de escape y dejó dañado el catalizador. Como los yonquis que sólo hablan de los amigos muertos o las viejas que hacen recuento de los enfermos del pueblo, uno de los agentes se abandonó a las especulaciones. "Es lo mejor que ha podido pasar. Si no lo pillas por el centro, si te coge por el lado o por alguna rueda, es que vuelas. No veas la que se monta aquí. O si lo coge un camión. Vuelca y se la pegan veinte, uno detrás de otro. O si lo pisa un camión. Sale esto disparado y atraviesa cualquier luna. A mí me pasó lo mismo con un Mercedes grande que tenía yo antes".

Una grúa remolcó el coche a un taller de pueblo más cercano. Dejó el coche allí, guardó la funda rota del cárter en el maletero, cada vez más parecido a un cementerio mecánico, y se montó en el taxi que le acercaría a la ciudad más próxima, donde tomaría un tren a la medianoche. Al buscar algo en la mochila se dio cuenta de que una de las cremalleras se había roto e inmediatamente después salieron de la estación los jugadores de un equipo filial del Sevilla. Entonces empezó a ver la realidad, es decir, lo que pensaba, como un conjunto de rimas grotescas, irreales. La realidad le pareció insoportable y macabra, y recordó lo que dijo Tom Waits citando a Bukowski: "No son las grandes cosas las que hacen enloquecer a los hombres. Son las cosas pequeñas. Es el cordón del zapato que se rompe cuando ya no queda tiempo".

Pudo entretenerse con un libro. Al cabo de un buen rato levantó la vista, con esa sensación de tiempo detenido que provoca la lectura ensimismada, y vio a un grupo de enfermeros que bajaba casi a cámara lenta a una anciana en una camilla por la escalera mecánica y a una mujer, pensó que su hija, que lloraba detrás de la camilla. Era una procesión, no una metáfora. Salió a la calle y sólo volvió a entrar minutos antes de la salida del tren. Se despidió de la estación, a esa hora prácticamente vacía, desde la escalera mecánica que llevaba al andén y que lo sacó de allí lentamente, como en los sueños.

martes 20 de mayo de 2008

El fin del pop

Tiene bastantes años. Sin embargo, como los malos elegantes, siempre parece en forma, ligero, en trance permanente de introducir en el bolsillo de tu chaqueta su tarjeta de visita y sonreír asintiendo suavemente. Aparece, además, vestido como el relaciones públicas de una discoteca desaforada de Corrupción en Miami. Y es que, ya se ha dicho, Barry Adamson es viejo en esto.

Antes de los ochenta, formó con Howard Devoto, ex líder de Buzzcocks e inefable personaje de 24 Hour Party People, la columna vertebral de Magazine, un grupo a caballo entre el post-punk y la new wave, otra de esas maravillas que surgieron en Manchester en esa época. Más tarde se incorporó a los Bad Seeds, la exquisita banda que casi nunca ha dejado de acompañar a Nick Cave, al que sigue frecuentando.

En los dos casos tocaba el bajo y contaminaba su personalidad a canciones que no eran totalmente suyas. Pero era imposible que no acabara utilizando su voz, caprichosa, excesiva, asombrosamente mutante. Como músico en solitario, se le acusa con frecuencia de una cierta arrogancia en su revisionismo del legado de la música negra, seguramente con algo de razón. A mí, sin embargo, me fascina su habilidad para envolver casi cualquier tipo de género en un sonido propio, intransferible, habitualmente perverso.

Ha hecho soul lúbrico, a lo Isaac Hayes, jazz, rock enrarecido, rap, scores imaginarios para James Bond, glam, funk, lounge, versiones fronterizas con el trip hop. Inevitablemente, también música para cine, como sus colaboraciones con David Lynch. Me imagino a los dos, en la cafetería de un hotel de iluminación fantasmagórica, escuchando músicas de trompetas con sordina, charlando de cortinas rojas y del maquillaje de las mujeres envejecidas.

Hace poco lo escuché en un festival de pop. Hacía tiempo que el final de un concierto no me parecía tan frustrante, uno de esos que excepcionalmente, muy de vez en cuando, te recuerdan el sentido de la música en directo. "Se cargó el pop", zanjó Edgar. Por lo demás, sólo su anillo de casado, bastante más discreto que la cadena de oro y los refulgentes zapatos negros de punta, invitaba a descartar que las mujeres congregadas ante el escenario pudieran organizar con éxito una escrupulosa fila para ir entrando en el camerino y copular con aquél señor de amabilidad mefistofélica.

sábado 10 de mayo de 2008

Catarsis

Hijo de argentinos, sueco a pesar de su nombre, José González publicó con 25 años uno de los debuts más arrebatadores de los últimos años. A Veneer (2003) le siguió In our nature, editado el año pasado, y que a mí siempre me ha sonado a purga serena de demonios violentos. Delicado y tenso, más oscuro que el primero, el disco es sorprendente no sólo por la densidad expresiva que consigue con apenas una guitarra acústica y una voz desnuda y emocionante. También por el bagaje que se intuye detrás.

Hace unos días tocó en un festival de la ciudad. Llegué tarde, desorientado, con dudosas intenciones de hacer algún esfuerzo por quitarme de la cara la mueca de persona que acaba de salir de trabajar. Era mi mueca, estaba dispuesto a defenderla.

En plena tormenta de mierda, como diría Bolaño (al que a continuación podéis acusar de escatológico; pero no a mí), escampó. El concierto fue mejor de lo que esperaba, y esperaba mucho. Antes de descubrir la bossa, la nueva trova cubana, especialmente Silvio Rodríguez, y el inventario de miniaturas desoladas de Nick Drake (http://www.youtube.com/watch?v=Y2jxjv0HkwM&feature=related), tocaba la guitarra eléctrica en un grupo de hardcore. Luego aprendió a tocar de nuevo, desde cero, porque la técnica de los guitarristas brasileños es distinta. El resultado, ahora, es una guitarra acústica que suena cálida y envolvente, pero en la que aún se aprecian, remotos, los ecos cortantes del punk y que a mí me parece una especie de reverso áspero de Kings of Convenience.

Down the line (http://www.youtube.com/watch?v=RWwbTRtrwlU) es cada vez más bonita. Ha creado además una entrañable tradición, que consiste en hacer en cada disco una versión. Entrañable, y no tramposa, porque las versiones tienen entidad propia. En el primer disco metió Heartbeats (http://www.youtube.com/watch?v=yaFYc_RxNsI), de The Knife (http://www.youtube.com/watch?v=n-NnXIrvV_8); en el último, Teardrop (http://www.youtube.com/watch?v=9B-h1EEsKDA), de Massive Attack (http://www.youtube.com/watch?v=T6iUBd2D38E). Y ya anda tocando en directo Love will tear us apart, de Joy Division (http://www.youtube.com/watch?v=3Ii8m1jgn_M&feature=related), una de las mejores canciones de amor jamás escritas.


PD: El odio que me inspira Hillary Clinton acabará devorándome las entrañas. Ya ni siquiera sé si es una mujer, un hombre o una aberrante criatura de maldad telúrica descartada en algún momento por Lovecraft por ser demasiado evidente.