Alfonso me lo preguntó la otra noche.- ¿Por qué no escribes ya en el blog?
- No hay un motivo. Siempre es igual, tarde o temprano. Funciono por arrebatos.
No lo sé, en realidad. ¿Para qué se escribe? Para escrutarse uno mismo, lo más seguro. Para detener el tiempo, quizás. Para divertirse, en cualquier caso. Leí dos libros que acabaron siendo bombas de relojería, y ahora están estallando.
Uno es un ensayo, Rastros de carmín. Una historia secreta del siglo XX, de Greil Marcus, crítico de música, politólogo, sociólogo y figura de referencia en los estudios de la cultura popular. El libro es un fabuloso disparate, perfectamente argumentado, en el que el punk, el pensamiento situacionista, el movimiento dadá y la filosofía herética medieval son una misma cosa atravesando los siglos con cierta justicia poética, similar a la que se le concede a los derrotados. Por cierto, acabo de ver dos películas de Julien Temple, una sobre Joe Strummer, el cantante de The Clash, y otra sobre la historia de los Sex Pistols. La primera, The future is unwritten, me decepcionó, sobre todo porque Joe Strummer y los Clash han sido siempre para mí algo distinto a lo que muestra (por momentos) el documental. La segunda, titulada The filth and the fury, es, aparte de una excelente y socarrona crónica urgente de la Inglaterra de los años 70, una gozada que tiene un comienzo deslumbrante y que se apoya en el Ricardo III de Shakespeare para hablar de uno de los seísmos más extraños y decisivos de la historia del rock.
El otro libro es Prosas apátridas, el "testamento espiritual" de Julio Ramón Ribeyro, como se dice en la contraportada de un libro verdaderamente inclasificable que condensa en breves ráfagas reflexivas su visión del mundo, amarga, serena, cristalina. El mismo autor, que en la foto se parece a Joe Strummer y al que siempre le interesó sobre todo la incurable soledad de las almas, escribió unos diarios a los que puso uno de los títulos más impactantes y lúcidos que conozco: La tentación del fracaso. Pienso mucho en este título.
Por si esto es una despedida, dejo aquí varias canciones que he escuchado con especial fidelidad durante el último año.
- So this is goodbye, el tema que da título al álbum del mismo nombre de Junior Boys, un disco empapado de una desarmante intimidad.
- Burning, o el comienzo de la banda sonora de varios meses de mi vida, compuesta por The Whitest Boy Alive.
- Poison cup, de M. Ward, incluida en Post-war, mi disco favorito de uno de los músicos más talentosos, exquisitos y sensibles que han aparecido en mucho tiempo.
- Y Madre Mother & Mere, de Lucien n Luciano, una canción que siempre me lleva a algunas noches cruciales que ya empiezan a estar en los espacios difusos de la memoria, es decir, en los de la fabulación.










